| Imágenes que valen más que miles de palabras |
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(mayo 2009)
La iconografía del Che es increíblemente variada, anecdótica por el cúmulo de situaciones que lo retratan e impresionante por la cantidad y la dispersión de las imágenes, unas auténticas y otras producto de la recreación imaginaria de su figura.
Desde la fotografía de Alberto Korda, el seño adusto, la boina con la estrella de comandante y los cabellos al viento, convertida en icono del Che universal (tatuada incluso en el brazo de Maradona) hasta las impactantes placas de Fredy Alborta, con el rostro de un Cristo recién bajado de la cruz tomadas a su cadáver en Vallegrande. También están las que con inexplicable frecuencia se tomó en los once meses que pasó en Bolivia, casi todas con la simple cachucha que lo identifica como el Che boliviano. Ni qué decir de las miles y miles de imágenes, a veces distorsionadas y difusas que circulan por el mundo en los más disímiles lugares y con los más distintos diseños y tonalidades. David Kunzle, de la Universidad de California, publicó en 1997 un precioso álbum a colores con más de 200 de esos íconos populares.
Sin embargo, las de mayor impacto por sus connotaciones históricas son las tomadas en La Higuera el 9 de octubre de 1967 minutos antes de ser ejecutado, no sólo porque evidencian hasta la saciedad que el Che fue capturado vivo y luego asesinado, sino también por la carga de emociones y situaciones que se puede escrutar en su rostro y en su apariencia general. A la vez, cada una de estas fotografías tiene su particular historia.
La primera es la publicada por el general Arnaldo Saucedo Parada en su libro "No disparen soy el Che" (Santa Cruz, 1987). El ex jefe de inteligencia de la Octava División del Ejército, una vez confirmada la captura del Che y su detención en La Higuera, se disponía a viajar allí desde Vallegrande con su comandante, el general Joaquín Zenteno Anaya en el único helicóptero disponible; inopinadamente éste lo obligó a descender del aparato para poner en su lugar al agente de la CIA Félix Rodríguez. Imposibilitado de viajar, entregó su cámara fotográfica al piloto Jaime Niño de Guzmán con el encargo de que le tomase algunas fotografías; esas serían, por tanto, las que Saucedo publicó 20 años después. Por su parte Rodríguez en su libro "El guerrero de las sombras", publicado en 1989, al confirmar la versión de que Zenteno prefirió llevar a él en el helicóptero antes que a su jefe de inteligencia, dice que se las arregló para descomponer la cámara de Saucedo operada por Niño de Guzmán, para poseer la exclusividad de la fotografía del Che capturado vivo. Esto no resulta cierto, puesto que Saucedo se adelantó dos años en publicar las que encargó al piloto tomar con su cámara. La diferencia está en que cuando Saucedo las hizo conocer en 1987, nadie se dio por enterado, ni siquiera la prensa boliviana. En cambio, cuando publicó la suya el agente Rodríguez en los Estados Unidos, sosteniendo taimadamente que era la única foto del Che vivo antes de ser acribillado, provocó un revuelo mundial; hasta los diarios bolivianos la presentaron a toda página. Pero lo más grave del asunto es que la escena de la foto es producto de un trucaje, en realidad son dos o hasta tres fotografías que sirvieron para el montaje, basta ver la sombra que proyecta el rostro del Che con la sombra de la gorra militar del agente de la CIA, la posición del sol marca una diferencia de aproximadamente 20 a 30 minutos. El tercer caso de esta serie son las tres fotografías publicadas por el general Federico Arana Serrudo, jefe de la inteligencia militar boliviana en 1967, en su libro el "Che Guevara y otras intrigas" (México, 2002). El autor no explica quién las tomó, por qué estaban en su poder y cómo es que permanecieron inéditas tanto tiempo. En una está el Che de pie con las manos atadas adelante y flanqueado por un soldado, no tiene ninguna diferencia con las fotografías de Saucedo y Rodríguez. Las otras dos en cambio, muestran primeros planos del Che sentado con rostros que tanto pueden revelar arrogancia como resignación y serenidad; una de ellas, en particular, la de los ojos levantados que ilustra la tapa del libro es como una anticipación del rostro crístico que el mundo conocería al día siguiente en Vallegrande cuando su cadáver fue exhibido en la lavandería del Hospital "Señor de Malta".
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